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Erótico-festivo

Migas navideñas

El reloj marcaba las doce; al menos el mío, desconozco lo que marcarían los relojes de los demás, de hecho deconozco si los demás llevaban reloj.

Al menos uno sí que lo llevaba. David siempre lo lleva, y lo hace porque suele llamar para decir que va a llegar un poco más tarde debido a que se ha estrellado contra un panadero, o que lo han llamado de la mina para nosequé chapuza (es que a él se le da muy bien eso de desarmar aparatos).

Minutos después empezó a aparecer gente. Pepe y Sara llegaron entre vítores y cabriolas del personal (y es que son los que se dejan ver menos) y enseguida todos percibimos la tensión en el ambiente; pronto descubriríamos si las historias que últimamente se oían sobre Pepe Calero eran ciertas, o por el contrario eran leyendas, mitos, quizá. Y es que todos conocíamos la legendaria técnica de partimiento de morcón al estilo Calero, transmitida durante generaciones y perfeccionada con el paso de los años.

Todos teníamos en mente aquel (ya lejano) día donde descubrimos por vez primera, aquellos dos certeros mandobles que dejaron tras de sí cuatro medias lunas blancas al tiempo que una tocinosa gota semitranslúcida recorría, paciente, la afilada hoja la Tizona particular de nuestro héroe...

He de decir que sí, Pepe nos sorprendió con un habilidoso meneo de migas (no sin antes enfriarse la garganta y calentarse el alma a base de cervezas de nosequé tierra lejana).

Los turnos de trabajo de desarrollaban sin novedad. Los que no trabajaban (y las que no trabajaban), animaban incansables a aquellos que, cual obreros metalúrgicos, se esforzaban en dar vida a semejante masa (y es que dos kilos y medio de harina no son cualquier cosa).

En fin, que todo transcurría con normalidad entre todo tipo de encurtidos y vinos que Juan Carlos y un tipo alto, con gafas, pelo rizado y aspecto sospechoso habían escogido para tal evento.

Conseguimos rellenar los pocos huecos que las migas habían dejado libres a base de cordiales, almíbares, chocolates, bicochos y helados de vainilla que todos (menos Ana, que guardó el suyo en el frigo "para luego", dijo) devoramos sin piedad.  Ana Belén también devoró el suyo segundos antes de que empezasen a devorarla a ella los gérmenes que la habitaban.

 

Quiero matizar que para mí fue una verdadera y muy grata sorpresa encontrar semejante tesoro una vez los efectos narcóticos del vino se disiparon y abrí la puerta del frigorífico para encontrar ese plato lleno de ambrosías. Mi boca ya segregaba saliva como si de un cruce entre perro de Pavlov y Homer Simpson se tratase cuando una vocecita me devolvió a la cruda realidad: "Papá, ame ate!!!"...arrrrrrrrg

Podréis comprobar que mis recuerdos empiezan a ser más que dudosos a partir de la tercera cerveza, de hecho, estoy casi seguro que yo gané la partida de trivial, pero no me atrevo a escribirlo y no sé por qué.

Os invito a participar, corregir y lo que os salga de las narices.

 Continuará....